Por Yariv Guiloff, cofundador de The Good Cup
Una tapa de plástico parece un objeto insignificante. No la elegimos, apenas la miramos y rara vez
pensamos en ella cuando la desechamos. Sin embargo, detrás de ese pequeño accesorio se esconde un
problema ambiental de enormes proporciones. Lo mismo ocurre con los vasos desechables que
utilizamos a diario: aunque parecen de papel, muchos contienen un recubrimiento de plástico en su
interior que dificulta el reciclaje.
Se estima que en Chile se utilizan entre 600 y 800 millones de vasos desechables al año. Solo sus tapas
representan entre 2.100 y 2.800 toneladas. Son objetos que cumplen una función durante minutos, pero
que permanecen décadas en el medio ambiente como residuos. Basta recorrer cualquier playa para
comprobar cómo productos diseñados para facilitar nuestra vida cotidiana terminan dejando una huella
ambiental que perdura mucho más allá de su uso.
La Ley 21.368, que regula los plásticos de un solo uso, representa un avance importante para Chile. Su
objetivo es reducir la generación de residuos, fomentar la reutilización y establecer nuevas exigencias
para los establecimientos de expendio de alimentos. Según estimaciones de Oceana, su implementación
permitiría evitar más de 23 mil toneladas anuales de plásticos de un solo uso.
Sin embargo, aprobar una ley es solo el primer paso. El verdadero desafío es lograr que las alternativas
sustentables sean económicamente viables, fáciles de implementar y accesibles para todos. Porque
una regulación puede establecer qué debemos dejar de utilizar, pero es la innovación la que debe
ofrecer soluciones para reemplazarlo.
Para una gran cadena gastronómica, adaptar sus envases y procesos puede representar una inversión
manejable. Para una cafetería de barrio o un pequeño emprendimiento, en cambio, cualquier aumento
de costos puede transformarse en una barrera. Por eso, avanzar hacia una economía con menos plástico
no puede depender únicamente de prohibiciones ni de la buena voluntad de los consumidores. Se
necesitan alternativas que permitan a las empresas cumplir con las nuevas exigencias sin comprometer
su competitividad.
Durante años hemos asociado la sustentabilidad con pagar más, renunciar a ciertas comodidades o
cambiar nuestros hábitos. Pero esa lógica tiene un límite. Si queremos que las soluciones sustentables
se adopten de manera masiva, deben ser prácticas, competitivas y económicamente sostenibles.
Cuidar el medioambiente y mantener un negocio rentable no deberían ser objetivos contrapuestos.
Ahí es donde la innovación adquiere un papel fundamental. Muchas veces, la solución no está en
sustituir un material por otro, sino en cuestionar el diseño de los productos que utilizamos. ¿Es
realmente necesario que un vaso tenga una tapa separada? ¿Podemos eliminar componentes,
simplificar procesos y reducir residuos sin afectar la experiencia del consumidor? Son preguntas sencillas
que pueden abrir paso a transformaciones importantes.
Mi propia experiencia me ha demostrado que innovar también exige perseverancia. Fueron tres años de
desarrollo y cerca de mil prototipos para resolver un problema aparentemente simple: eliminar una tapa
de plástico. Ese proceso permitió comprobar que una solución ambiental también puede generar
beneficios económicos, al reducir los costos cuando se elimina una pieza.
La sustentabilidad no debería ser un lujo ni costos adicionales, sino una oportunidad para hacer las cosas
de manera más inteligente. La legislación chilena abre precisamente esa posibilidad: impulsar a
fabricantes, proveedores, diseñadores y empresas gastronómicas a repensar productos y procesos que
durante décadas hemos dado por sentados.
Porque el éxito de una ley no se mide únicamente por lo que prohíbe, sino también por las soluciones
que impulsa. El desafío no es solo dejar de utilizar plástico, sino innovar para que no volvamos a
necesitarlo.










